| AMERICA, EL
LUGAR DONDE FONDEAN LOS SUEÑOS
Palabras del expresidente Belisario
Betancur en la inauguración de la sede de la Fundación Santillana
para Iberoamérica": mayo 4 de 1989. |
 |
El Marqués de Santillana
La Fundación Santillana para Iberoamérica
quiere ayudar a convertir las ilusiones latinoamericanas en realidades
que sean fuerza motriz de la idea de América; e impulsar, por
tanto, proyectos culturales como desde el siglo XV enseñó
a hacerlo el Marqués don Iñigo López de Mendoza.
El cual, además de humanista y poeta que discurría sobre
los clásicos, escribía sonetos antes que Boscán
y Garcilazo , y transformaba en elegante la poesía del común;
y de guerrero que combatió contra los moros, fue mecenas de las
artes, en la alborada del Renacimiento y en vísperas del viaje
de Colón que anunciaría la época moderna.
Asilo de la utopía
En tiempos de grandes navegantes, aquel viaje estaba
destinado a la historia. Tras él, por su tardía aparición;
o por haber emergido del mare tenebrosum ante una Europa sumergida en
la razón; o por los efectos de la reforma y la contrarreforma,
América expresaba la idea de un mundo mejor, que fue insignia
de las empresas descubridoras, en el sentido platónico en que
el ser de entonces cifraba su plenitud: en servir de enlace entre la
idea y la historia.
¿Por qué recibe América el privilegio
de ser asilo de ideales y tierra prometida de la esperanza? Antes de
que se acabara de conocer el planeta, hubo una tendencia a fundar en
cualquier región fabulosa o desconocida la realización
de los sueños. Germán Arciniegas rememora al florentino
Toscanelli de la navegación hacia occidente para llegar al oriente;
pero dice, con acierto, que fue necesaria la aventura del Gran Almirante
de la Mar Océana para comprobarlo. Agrega que las ideas llegaban
a granel de Europa al Nuevo Mundo y regresaban convertidas en sustancia
viva; y que lo que se había navegado como imaginación,
por ejemplo los delirios de Pigafetta con Magallanes y Elcano, al volver
a casa desataban una eclosión revolucionaria. Antes y después
del nombre hubo siempre un El Dorado para todo apetito, noble o vil.
Aquella visión utopista llegaría a su esplendor con el
Descubrimiento. La utopía es más creadora cuando se tiene
la certeza del domicilio de la ilusión. Concluye Arciniegas y
lo expresa sin avaricia Jesús de Polanco a quien tanto debe el
realismo crítico, que a la desmesura del hallazgo correspondió
un enriquecimiento con causa en la mentalidad europea, como no había
antecedentes. En efecto, es difícil imaginar, ni antes ni después
del Renacimiento, otro haya estado abierta a una tal constelación
de valores, que representaban las síntesis entre los de la antigüedad
clásica y los valores cristianos.
Mirar al cielo y a la tierra
Con la plenitud renacentista encarnada en Fray Luis
de León, Victoria, Vives, Erasmo, Tomás Moro, por ejemplo,
la humanidad está en su instante cenital. Porque aunque los renacentistas
miran al cielo, no se desdeñan de hacer de la tierra morada de
éxtasis y de alegría. En cuanto perciben de América,
echa al vuelo la imaginación y la quimera. Y llaman utopías
a sus ensoñaciones de la ciudad perfecta, adelgazando con sigilo
la censura a los señoríos que los sofocan. América
es el lugar en donde fondean sus sueños. Por algo la utopía
por antonomasia, la de Tomás Moro, se cumple, según está
bien averiguado, en las orillas del lago mexicano de Pátzcuaro,
por obra de don Vasco de Quiroga.
La idea de América es, pues, desde la invención
del hemisferio, la del domicilio predilecto de la esperanza, la del
asentamiento donde podría florecer la humanidad soñada
por utopistas: el continente de la concordia por oposición al
continente de la discordia que era Europa.
La conciliación
¿Cómo conciliar esa utopía con
nacionalismos y peculiaridades? Recordando al maestro dominicano don
Pedro Henríquez Ureña, así como esperamos que nuestra
América se aproxime a la creación del hombre universal,
por cuyos labios hable el espíritu libre de estorbos y de prejuicios,
esperamos que América, y cada nación de América,
en todas las cuales aspiramos a que haya capítulos de la "Fundación
Santillana", conserve y perfeccione sus vivencias sobre todo en
la cultura, en la que poseemos el doble tesoro de la tradición
española y la tradición indígena.
Con esa integración han soñado los
hacedores de las patrias americanas, que en definitiva son una sola
y misma patria. Emma Zunz, un personaje de Borges, dice que por soñar
algo, el sueño ya es materia que nos pertenece. Así soñaron,
cada quien a su manera, el Libertador Simón Bolívar y
Santander y San Martín, Juárez y O`Higgins. Con esa obsesión
trabajaron en el primer cuarto del siglo XIX don Francisco Antonio Zea,
embajador de la Gran Colombia en Londres, y el Duque de Frías,
Embajador de España, quienes elaboraron en Manchester un proyecto
de decreto para ser expedido por Fernando VII, sobre emancipación
de la América y su confederación con España. El
ex ministro colombiano Gabriel Betancur Mejía dice que muchos
infortunios se habrían evitado si el monarca hubiera tenido realismo
político y visión histórica: México no habría
perdido un centímetro de su territorio y Maximiliano nunca hubiera
sido emperador; las Malvinas serían argentinas; el canal de Panamá
lo habría construido Colombia; los marinos estadounidenses nunca
habrían invadido a Nicaragua; la doctrina Monroe no hubiera existido.
"Podríamos ser hoy, lo digo con saudade, concluye, una de
las primeras naciones del mundo".
Desde la Torre de Don Borja
Para trabajar por la utopía de América
y para dar apoyo a los creadores intelectuales, desde hace dos años
un grupo de españoles presididos por Jesús de Polanco
y las empresas culturales que funcionan en torno a Timón, incluida
la editora de "El País" de Madrid, y un grupo de colombianos,
venimos soñando con establecer esta Fundación privada,
no gubernamental y "al servicio del bien común en el ámbito
cultural", cuyos interlocutores han de ser universidades, institutos,
fundaciones y, en general, los trabajadores de la cultura.
En octubre de 1983 se reunieron en Santillana del
Mar numerosas fundaciones latinoamericanas privadas, presididas por
el doctor Carlos Lleras Restrepo, y declararon que "la historia
vivida en común en América y la conciencia de un mismo
destino exigen la proyección del potencial comunitario, tanto
cultural como educativo, científico, tecnológico, económico,
a fin de alcanzar la libertad, la justicia y el bienestar". Surgía
así, ya de algún modo, en germen, la idea de una Fundación
Santillana para Iberoámerica, cargada de voluntad de futuro y
nutrida de lo mejor del pasado.
Entre las joyas que señalan el primitivo Camino
de Santiago por la costa norte de España, se destaca la Colegiata
románica de Santa Juliana, del siglo XII, en Santillana del Mar,
en cuyo retablo principal aparecen, tallados en madera policromada,
los cuatro evangelistas. La figura del doctor San Lucas, pluma en ristre
dispuesta a escribir, es la que se reproduce en el emblema que preside
la Torre de Don Borja en Cantabría; y esta casa y esta sala en
Bogotá.
Pues bien, nos hemos reunido, aquí y ahora,
a convocar a los latinoamericanos para trabajar en conjunto y de consuno
sobre cómo y dónde actuar a fin de contribuir, invocando
el nombre de Dios, a que América ocupe ese alto sitio en la historia.
Mirar al cielo y a la tierra
Con la plenitud renacentista encarnada en Fray Luis
de León, Victoria, Vives, Erasmo, Tomás Moro, por ejemplo,
la humanidad está en su instante cenital. Porque aunque los renacentistas
miran al cielo, no se desdeñan de hacer de la tierra morada de
éxtasis y de alegría. En cuanto perciben de América,
echa al vuelo la imaginación y la quimera. Y llaman utopías
a sus ensoñaciones de la ciudad perfecta, adelgazando con sigilo
la censura a los señorías que los sofocan. América
es el lugar en donde fondean sus sueños. Por algo la utopía
por antonomasia, la de Tomás Moro, se cumple, según está
bien averiguado, en las orillas del lago mexicano de Pátzcuaro,
por obra de don Vasco de Quiroga.
La idea de América es, pues, desde la invención
del hemisferio, la del domicilio predilecto de la esperanza, la del
asentamiento donde podría florecer la humanidad soñada
por utopistas: el continente de la concordia por oposición al
continente de la discordia que era Europa.
La conciliación
¿Cómo conciliar esa utopía con
nacionalismos y peculiaridades? Recordando al maestro dominicano don
Pedro Henríquez Ureña, así como esperamos que nuestra
América se aproxime a la creación del hombre universal,
por cuyos labios hable el espíritu libre de estorbos y de prejuicios,
esperamos que América, y cada nación de América,
en todas las cuales aspiramos a que haya capítulos de la "Fundación
Santillana", conserve y perfeccione sus vivencias sobre todo en
la cultura, en la que poseemos el doble tesoro de la tradición
española y la tradición indígena.
Con esa integración han soñado los
hacedores de las patrias americanas, que en definitiva son una sola
y misma patria. Emma Zunz, un personaje de Borges, dice que por soñar
algo, el sueño ya es materia que nos pertenece. Así soñaron,
cada quien a su manera, el Libertador Simón Bolívar y
Santander y San Martín, Juárez y O`Higgins. Con esa obsesión
trabajaron en el primer cuarto del siglo XIX don Francisco Antonio Zea,
embajador de la Gran Colombia en Londres, y el Duque de Frías,
Embajador de España, quienes elaboraron en Manchester un proyecto
de decreto para ser expedido por Fernando VII, sobre emancipación
de la América y su confederación con España. El
ex ministro colombiano Gabriel Betancur Mejía dice que muchos
infortunios se habrían evitado si el monarca hubiera tenido realismo
político y visión histórica: México no habría
perdido un centímetro de su territorio y Maximiliano nunca hubiera
sido emperador; las Malvinas serían argentinas; el canal de Panamá
lo habría construido Colombia; los marinos estadineses nunca
habrían invadido a Nicaragua; la doctrina Monroe no hubiera existido.
"Podríamos ser hoy, lo digo con saudade, concluye, una de
las primeras naciones del mundo".
Desde la Torre de Don Borja
Para trabajar por la utopía de América
y para dar apoyo a los creadores intelectuales, desde hace dos años
un grupo de españoles presididos por Jesús de Polanco
y las empresas culturales que funcionan en torno a Timón, incluida
la editora de "El País" de Madrid, y un grupo de colombianos,
venimos soñando con establecer esta Fundación privada,
no gubernamental y "al servicio del bien común en el ámbito
cultural", cuyos interlocutores han de ser universidades, institutos,
fundaciones y, en general, los trabajadores de la cultural.
En octubre de 1983 se reunieron en Santillana del
Mar numerosas fundaciones latinoamericanas privadas, presididas por
el doctor Carlos Lleras Restrepo, y declararon que "la historia
vivida en común en América y la conciencia de un mismo
destino exigen la proyección del potencial comunitario, tanto
cultural como educativo, científico, tecnológico, económico,
a fin de alcanzar la libertad, la justicia y el bienestar". Surgía
así, ya de algún modo, en germen, la idea de una Fundación
Santillana para Iberoámerica, cargada de voluntad de futuro y
nutrida de lo mejor del pasado.
Entre las joyas que señalan el primitivo Camino
de Santiago por la costa norte de España, se destaca la Colegiata
románica de Santa Juliana, del siglo XII, en Santillana del Mar,
en cuyo retablo principal aparecen, tallados en madera policromada,
los cuatro evangelistas. La figura del doctor San Lucas, pluma en ristre
dispuesta a escribir, es la que se reproduce en el emblema que preside
la Torre de Don Borja en Cantabría; y esta casa y esta sala en
Bogotá.
Pues bien, nos hemos reunido, aquí y ahora,
a convocar a los latinoamericanos para trabajar en conjunto y de consuno
sobre cómo y dónde actuar a fin de contribuir, invocando
el nombre de Dios, a que América ocupe ese alto sitio en la historia.